En aquel entonces, Piculín aún no era Piculín.
Se completaba el primer semestre del año escolar de 1978 y un muchacho flaco y espigado caminaba por las calles de Cayey. No tenía uniforme de baloncesto, ni equipo dónde jugar, no tenía un lugar claro en la historia.
Venía de Aibonito, sin ínfulas ni expectativas. Nació en la Ciudad de las Flores, pero su primer intento deportivo allí fue fallido, ironía inicial de una carrera que culminó andando por senderos de pétalos, cual rey de un baloncesto y un pueblo que así lo coronó.
“Lo habían practicado y lo habían cortado. ¡Y bien corta’o! No había hecho el equipo de baloncesto”, recordó Armandito Torres, entre bondadosas sonrisas y sana plática, años atrás en San Germán.
Recostado en el mueble de la sala de su residencia, con el espeso verdor de las Lomas de Santa Marta al fondo, aquel genio profético del básquet que apostó a un futuro legendario narró con orgullo los primeros pasos que dieron las tenis de José Rafael “Piculín” Ortiz Rijos.
Y es que todavía no había historia en las costillas de lo que aún era una alta y huesuda promesa. Claro, era cuestión de que lo detectara alguien con tacto y visión.
“La costumbre era que si uno veía un muchacho grande, pues decías: ‘cógelo pa’ baloncesto”, explicó Armandito. Fue mister Oreste Alicea, un maestro de educación física oriundo de Barranquitas y residente en Cayey, quien hizo la movida. “Un muchacho de 7 pies, imagínate”, rezó jovial el emérito sacerdote del templo de Arquelio.
A pesar de que necesitaba echar libras, en esos primeros años con los Atléticos, en pleno primer lustro de la década del ochenta, el ‘Picu’ “comía banco” más que comida. “Y cuando lo ponían a jugar, la gente en San Germán lo que gritaba era ‘¡sáquenlo!”.
En 1982, Armandito finalizaba funciones con los Leones de Ponce. Presentó su renuncia tras diferencias con el canastero Larry Seilhammer y, en 1983, volvió a casa, tomando las riendas administrativas de los Atléticos.
Fue un rebote defensivo con un peso mitológico, religioso y familiar, aunque el fast-break que propició se volvió un hito. La historia generacional dentro de ese monstruo anaranjado se nutre del poder comunitario y el legado de recuerdo. Para ese periodo, los Atléticos parecían desmoronarse. Incluso, se había anunciado que la franquicia estaba a punto de ser entregada a la Liga, ante el fracatán de disparidades económicas y administrativas que la asediaba.
Armandito, con su voz ronca, casi en susurros, se ríe recordando aquellos tiempos. Se nota cómodo en el mueble, la tragedia del pasado convertida ahora en el triunfo del presente.
“Surgió un movimiento en el pueblo, encabezado por dos periodistas ya fallecidos, Andy Gregory y Jimmy Díaz, que reclamaban que me hiciera cargo. Muchacho… Yo pensé: ‘esto es una crónica de una muerte anunciada’. Ahora, había que hacer lo que había que hacer”. Y aceptó.
Llegó el 1983, año crucial con dos catalíticos importantes y paralelos: la crisis de un equipo y el asenso del caminante Piculín, que finalmente encontró rumbo. El equipo respondió. “Clasificamos por primera vez como en 15 años”, sonrió Armandito.
Pero volvamos al ‘Picu’. “Le dije: ‘tú vas a venir todos los días a las diez de la mañana, me buscas a la farmacia y nos vamos para la cancha’. Le daba unas repeticiones de movimientos. Lo ponía a sudar. Quería lograr que dominara sus 7 pies de estatura”.
Hasta 1982, Mike Santos era el hombre grande. Producía. Pero, según Armandito, lo asediaban las inconformidades. “Decía que en San Germán no tenía cable TV, que los supermercados y la comida no era de su preferencia”, rememoró. Quería abandonar el equipo. Eso, ante el reglamento de la Liga, tenía unas consecuencias durante aquella época, había un castigo por abandono. Armandito estaba dispuesto a usar eso para negociar.
“Hetin Reyes y Tuto querían a Santos en la selección nacional”, mencionó, en alusión al expresidente de la Federación Hetin Reyes, y el entonces director de torneo, Genaro “Tuto” Marchand. Armandito miró en otra dirección.
“Juan Trinidad era un tremendo jugador de Bayamón y ellos necesitaban un centro. Logré que Hetin y Tuto convencieran a [Pedro] Cuco Ortiz… que Mike Santos era clave para el equipo de Puerto Rico”, articuló.
Armandito, el estratega, consiguió el cambio. “Ponce protestó. Ellos decían que yo me quedaba sin centro. Yo les dije que mi centro era Piculín Ortiz”.
El resto fue historia.
El periódico El Mundo, en su edición del 28 de mayo de 1983, reportó el resultado de un cruce entre San Germán y Bayamón. Los Vaqueros sacaron de la cancha a los Atléticos con marcador 99-73. Mike Santos encabezó la ofensiva vaquera con 21 puntos y 8 rebotes. Piculín Ortiz hizo lo propio por San Germán, con 16 puntos y 9 rebotes. Armandito sabía que esto sería un maratón, no una carrera de 100 metros.
“Lo pusimos a jugar. Él lo que necesitaba era cancha. Y ese año, 1983, fue el jugador de mayor progreso”, dijo, con un poco de rubor paternal asomado en su rostro.
“Piculín Ortiz debe integrar el equipo de Puerto Rico a los Juegos Panamericanos (Caracas, Venezuela)”, le dijo Armandito Torres al periodista de El Mundo Luis Romero Cuevas en mayo de 1983. “Para el futuro, Piculín Ortiz se podrá llamar ‘La Franquicia de San Germán’ y promete ser una gran estrella de nuestro baloncesto nacional”. Soltó una profecía.
El proceso no se detuvo desde entonces. Semanas después, Piculín defendió los colores de Puerto Rico en los Panamericanos de Caracas. Tenía 19 años de edad. Armandito creó un equipo en Sabana Grande para jugar en ‘La Puertorriqueña’, porque antes de mover fichas en los Atléticos, “quería que “Piculín jugara todos los días”. Fueron muchas las fichas que movió para despertar al gigante dormido.
Dos años más tarde, Piculín hizo su debut con Oregon State en el baloncesto universitario de Estados Unidos. Pero antes, en una visita a Puerto Rico y previo a la consumación del reclutamiento, los directivos deportivos de Oregon State “se dieron cuenta que no tenía los años de competencia. Les dijimos una mentirita blanca… je, je, je… les dijimos que él había tenido problemas en sus estudios en la Universidad Interamericana por sus compromisos con la selección nacional. ¡Pero eso no fue hacer trampa! Le dimos una nueva oportunidad a un ser humano que anteriormente no había podido completar sus estudios”.
Esas dos temporadas con Oregon terminaron de pulir el diamante. “Tenía 22, 24 años… Quemó esa liga”. Armandito ahora suspira, antes de despepitar unos pensamientos dignos de un obrero académico del básquet.
“Esto no te hará sentido…”, advierte Armandito antes de pasar al salto de Piculín a la NBA. “Hay que ser dirigente de baloncesto para entender esto”.
Cuida sus palabras. Habla de alguien a quien quiere como un hijo.
“Piculín, en esos tiempos, era un weak strong forward… un strong forward débil”. El lenguaje lo incomoda, se le nota, pero vamos, Armandito lleva una vida convirtiendo lo difícil en victoria. “¡Y ningún americano comparaba con él, por su gran tiro de espalda al canasto!”. Ese tiro de espalda al canasto de Piculín se lo enseñó Armandito, el que sabe, sabe, como dice Tego. “En la NBA, hubiese anotado de 15 a 20 puntos por juego. ¡Pero fácil!”. Por supuesto, sabemos que en esa liga las decisiones no siempre se toman dentro de la cancha.
Ya en este punto de la conversación vamos llegando a la cima de ese monte inmenso llamado Piculín.
“Yo prácticamente vivía en su casa”, le dijo, a este diario, Piculín en 2019 en su pizzería en Lajas, sus manos aún llenas de harina, su sonrisa y mirada cálida, como si ninguna enfermedad lo hubiese afectado.
Hacía referencia a los tiempos de formación con Armandito. Y usó esa formación como instrumento.
“Armandito siempre recalcó la parte humana, pero también la parte patriótica… El tema del Cerro Maravilla, por ejemplo. Eran cuestiones más que políticas, que como puertorriqueños había que llevar. Era ese sentido de identidad, de respeto que le inculcaba a uno, pero sin forzarlo”, soltó con emoción Piculín en aquella conversación.
Esa dimensión explica mucho más lo que fue el baloncelista que cualquier estadística. Armandito aspiraba a la cosecha de un atleta con identidad. Y lo logró. Cuatro veces olímpico, protagonista de algunas de las gestas más importantes del baloncesto puertorriqueño. Pero esos momentos no se entienden sin el origen y mucho menos sin contexto.
Años después, recostado en el mueble de su sala, Armandito no reescribe nada. Insiste en una filosofía humanista.
“El deporte debe y tiene que ser, para ser puro y genuino, un instrumento… ¡Un instrumento de servicio!”, exclama. La brisa proveniente del monte de Peñón Rosario ahora moviendo las ramas del verdor de fondo, como si el propio soplo de Arquelio le hiciese coro a la gesta que nos regaló aquel Piculín de oro.
